Se llamaba Fernando, pertenecía a una noble
familia portuguesa |
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| apellidada
Bullones y había nacido en Lisboa en 1195. |
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| Muy
joven, ingresó en la orden de san Agustín
y durante |
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| varios
años ejerció el ministerio en territorio
lusitano. |
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| Estudiando
teología en la ciudad de Coimbra, trabó
relación |
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| con
un pequeño grupo de religiosos de la orden
recién |
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| fundada
por san Francisco. Quiso imitar al santo de Asís |
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| ,
que comenzaba ya a ser famoso, y con dolor dejó
a los |
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| padres
agustinos, estableciéndose primeramente en |
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| una
ermita situada en las afueras de la ciudad y puesta |
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| bajo
la protección de san Antonio abad. |
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Tenía
veintiséis años cuando vistió el sayal
franciscano; en esa oportunidad cambió de nombre, haciéndose
llamar Antonio,por devoción al patrono de la ermita
donde había tomado el nuevo hábito e iniciado
la vida anacorética.
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San
Francisco, al conocerlo más tarde, le advierte
sin embargo:
"Tu oficio es el de predicador". Así
recorrió obedientemente aldeas y ciudades innumerables.
Su prédica encendida movía los corazones
y arrebataba las voluntades. Su palabra convertía
a la multitud que iba tras él. África,
entonces bajo el completo dominio del Islam, necesitaba
ser
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reevangelizada,
de acuerdo con la concepción de san Francisco, por
medios pacíficos que dejaran brillar ante los musulmanes
la verdad y misericordia del mensaje de Cristo. Antonio cruzó
el Mediterráneo, pero el clima riguroso y los desmedidos
trabajos acabaron por enfermarlo. A fin de reponerse, se embarcó
para España, pero la nave que lo conducía, debido
a una tempestad, lo llevó a Italia. Allí predicó
la palabra del Señor, realizando su acción apostólica
principalmente en la Romana, y luego en Francia, donde alzó
su voz contra los herejes albigenses que deformaban la auténtica
doctrina evangélica.
Antonio fija definitivamente su residencia en la ciudad universitaria
de Padua, famosa por sus sabios y maestros. En este lugar
cosechó los mejores y más abundantes frutos
de sus sermones, adquiriendo aún en vida un prestigio
inmenso.
Como sus fuerzas decrecían, resolvió retirarse
a un lugar solitario. Quizá lo llamaba la vocación
eremítica del comienzo de su vida. Su salud se deterioró
agudamente y se sintió morir. Rezando con los frailes
que lo acompañaban, Antonio entregó su espíritu
el 13 de junio de 1231, con la palabra de Dios entre sus labios.
El papa Gregorio IX lo canonizó al año siguiente.
Esta rápida confirmación de su santidad por
parte de la Iglesia se fundó en los incontables milagros
realizados por Antonio y en la fama de su identificación
con Cristo. En sus sermones brilló siempre una sabiduría
profunda y clara; por este motivo Pío XII lo proclamó
doctor de la Iglesia, asignándole el título
de Doctor evangélico.
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En
Padua se levanta en su honor un bellísimo templo.
Allí donde hay una iglesia católica, no
falta casi nunca su imagen, pues es uno de los santos
más populares del segundo milenio, al punto que
el pontífice León XIII llegó a
llamarlo el santo de todo el mundo.
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Fue un
evangelizador incansable y los ecos de su llamado a la conversión
resuenan todavía en la Iglesia y en el mundo. Transmisor
eficacísimo de los ideales del patriarca san Francisco,
Antonio merece ser mejor conocido por el pueblo de Dios que
implora su intercesión.
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